TRUJILLO Y LAS EMBAJADAS
LA VIOLACION A LA EMBAJADA DE BRASIL
Julio, 1960
En
esos años yo no estaba al tanto de las actividades que mi padre
realizaba en contra de la dictadura puesto que yo era una niña. Me
sorpredió cuando una noche me dijo que al día siguiente nos íbamos a
asilar en una embajada. Sé que me lo informó la noche anterior porque él
sería incapaz de hacerme participar en semejante actividad sin que yo
lo supiera o engañada, pensando que se trataba de otra cosa. Me dijo que
estaba seguro de que todo saldría bien. Recuerdo que esa noche yo
estaba muy emocionada. Con optimismo infantil me acosté con un sentido
de alegre expectativa pensando en el viaje al exterior y todas las
experiencias nuevas que tendría fuera del país sin sospechar sobre la
violenta tragedia que nos esperaba al día siguiente.
La
mañana siguiente mi madre escogió para mí uno de los bonitos vestidos
que me ponía para ir a la iglesia los domingos. Ella iba vestida de
luto. Ya mi padre había salido de la casa más o menos una o dos horas
antes para pagar, según nos contó mi madre, todas las cuentas que tenía
pendientes y no dejar a nadie sin su debido pago (dentista,
electricidad, etc.). No sabemos si también hizo otras diligencias.
Después, mi padre y un amigo que cooperaba con él en la resistencia,
Eugenio “Ligó” Cabral, nos recogieron en una esquina acordada y
manejamos hasta una calle aislada. Cuando me monté noté que le habían
puesto una plancha de metal gruesa en la parte trasera de la camioneta
cerrada (station wagon) como protección y me cuenta mi madre que también
le pusieron planchas en los lados, pero esas yo no las noté. Nadie
decía una palabra. Paramos al final de una calle aislada y, en forma
casi mecánica, mi padre, Ligó y mi hermano mayor Alberto (él acababa de
cumplir 16 años en mayo) se pusieron una sotana de cura color crema por
encima de la ropa. También se pusieron un crucifijo de metal colgado
encima de la sotana. Los tres iban sentados en el asiento delantero
mientras que mi madre, Héctor, Ricardo y yo íbamos en el asiento de
atrás. En todo el trayecto nadie decía una palabra excepto algunos
intercambios casi monosilábicos entre mi padre y Ligó Cabral.
La
idea era que si nos obligaban a parar antes de entrar en la embajada y
si nos interrogaban, la historia sería que se trataba de una viuda con
sus hijos que quería emigrar al Brasil y que la orden de curas la estaba
ayudando con los trámites. Aquí deseo declarar en forma categórica y
clara que ninguno llevaba arma de fuego, ni de filo, ni de ningún tipo.
De hecho, mi hermano Ricardo dice que oyó a mi padre decir la noche
anterior que iríamos completamente desarmados para que no pudieran
alegar que éramos criminales si nos paraban.
Creo
que alrededor de las 9:30 o 10:00 de la mañana, el carro se acercó a la
embajada. Por lo que yo podía ver, en esos momentos la calle estaba
vacía, con la excepción de un hombre vestido de civil que estaba parado
en la esquina justo delante de la embajada, a un lado de la entrada.
Trujillo tenía todas las embajadas resguardadas por los agentes
secretos. Ligó era el que iba manejando y a varios metros de la entrada
de la embajada de repente aceleró la marcha y viró rápidamente hacia la
entrada de la embajada. Al notar esto, el hombre parado en la esquina
sacó una pistola del saco, hizo un disparo y gritó “¡alto!”
a la vez que el carro entraba a toda marcha dentro de la embajada.
Sentí, un golpe, no sé si contra la acera o contra uno de los portones,
seguimos rápidamente hacia adentro y luego el carro chocó contra un auto
que estaba estacionado mucho más adentro.
De
repente empecé a oír disparos por todos lados. Se trataba de muchas
pistolas disparando al mismo tiempo. Mi mamá nos gritó “¡agáchense al
suelo y griten!” lo que hicimos todos los que estábamos atrás. Mi
hermano Alberto me contó recientemente que él miró rapidamente hacia
atrás y vio a un calié sobando una ametralladora, trató de agacharse y
cree que luego oyó la ráfaga de tiros entre los disparos. Yo le pregunté
sobre eso a Ricardo y a mamá, pero ellos no recuerdan haber oído el
sonido de ametralladora, posiblemente fue una ráfaga corta. Entre la
lluvia de disparos y los gritos incesantes, sentía como si el mundo que
yo conocía se desintegraba hacia un caos total. No sé cuanto tiempo
pasamos agachados en el carro gritando y oyendo los disparos, pero me
pareció algo interminable. Empecé a oír voces de hombres alrededor del
carro. Oí que golpeaban los vidrios pero yo no podía ver nada porque mi
cara miraba hacia el piso del carro. Mi madre me cuenta que ella gritó
"abran las puertas o nos van a matar a todos". No sé si de inmediato
o poco después, mi padre le dijo a mi hermano Albertico que abriera la
puerta, lo que hizo mi hermano y trató de salir. En ese momento, mi
madre vio cuando un calié agarró a mi hermano mayor y empezó a forcejear
con él. Mi madre me dice que vio cuando el calié le dio una trompada a
mi hermano en la cara. El mismo calié u otro (mi madre no está segura de
dónde salió el disparo puesto que todo estaba ocurriendo muy rápido,
pero ella cree que fue del mismo calié, que es lo que también recuerda
mi hermano Alberto) le disparó en el estómago lo que hizo que mi hermano
cayera en el suelo. Mi padre había salido del carro a defender a mi
hermano y me cuenta mi hermano Alberto que papá agarró la mano del calié
que tenía la pistola y con el otro brazo lo agarró del cuello logrando
controlarlo por unos segundos para que no le disparara de nuevo. Mi
hermano Alberto vio cuando, segundos después, otro calié le disparó a mi
padre en la cabeza casi a quemarropa lo que hizo que mi padre se
desplomara en el suelo (Este enfrentamiento yo no lo vi porque yo estaba
agachada en el carro mirando hacia el suelo, mi hermano Ricardo me dijo
que él tampoco lo vio). Lo anterior es algo que al fin logré que mi
madre me lo contara recientemente ya que ella nunca ha querido hablar en
detalle sobre la forma en que le dispararon a mi padre en la cabeza. Lo
mismo con Alberto. A pesar de que sufre de trastornos post-traumáticos y
de principios de demencia, ultimamente ha estado más comunicativo y
logré hace unos días que contestara a mis numerosas preguntas sobre los
hechos en varias conversaciones (si bien con su estilo breve de
hablar). Alberto también me contó que luego a los dos, a él y a papá,
los sacaron arrastrados hacia afuera de la embajada.2 Yo
no me daba cuenta de lo que estaba pasando porque estaba agachada. Lo
que sé es que después de que pararon los disparos, sólo oía los mandatos
de los hombres alrededor del carro. En forma autoritaria alguien nos
ordenó a los de atrás “¡salgan
todos!” Salimos lentamente del carro confundidos. Al levantarme vi que
Ligó estaba tirado en el asiento delantero con una herida en el
estómago.3
Los
agentes nos ordenaron a que saliéramos del recinto de la embajada hacia
la acera. Al virar, pude ver los ojos de las personas que estaban
dentro de la residencia quienes miraban horrorizados por una especie de
persianas en las ventanas. Mi madre me contó recientemente que ella
también los vio. Yo iba detrás de mi hermano Héctor y vi que lo sacaban
del recinto a punta de pistola sobre su sien. Al salir hacia la acera vi
a mi hermano mayor Alberto tirado en la calle con dos agujeros de bala
en el estómago. Tenía los ojos cerrados por lo que pensé que estaba
muerto. Al pisar la acera miré hacia la derecha y ahí me impactó la
horrible imagen de mi padre que nunca se borrará de mi mente. Le habían
disparado en la cabeza y tenia el rostro deformado. Todavía respiraba
por la boca llena de sangre, pero no sabía si estaba consciente. Sabía
que respiraba porque la sangre le hacía burbujas en la boca. Además, a
veces movía las piernas. Yacía en la sotana de religioso con los brazos
abiertos a la vez que, de la misma forma, el crucifijo todavía le
colgaba en el pecho. La amarga ironía de esas dos imágenes juntas es la
que siempre ha creado una enorme contradicción en mi mente sobre la
religión y la protección divina que nos enseñan que existe.
El
lugar estaba lleno de agentes vestidos de civil (supuse que eran todos
calieses) que daban órdenes por todos lados. No sé cómo pudieron llegar
tantos hombres al sitio tan rápido ni de dónde salieron porque yo
recuerdo sólo haber visto esa mañana a un solo hombre parado en los
alrededores. Aparentemente Trujillo tenía las embajadas más resguardadas
de lo que la gente se imaginaba.4
Mi
hermano Ricardo, de 13 años, tenía una herida de bala en la cabeza por
lo que sangró muchísimo (las heridas en la cabeza sangran profusamente),
pero por suerte fue un impacto lateral y no le entró en el cráneo. Mi
vestido estaba empapado de sangre en toda la parte delantera pero yo no
sentía ninguna herida. Sólo sentía una leve quemazón en la espalda
(resultó ser simplemente el roce de una bala fría). Estoy segura de que
la sangre que había manchado profusamente mi vestido era de la herida de
Ricardo ya que él iba sentado a mi lado en el carro.
Mi
madre tenía una herida de bala en la muñeca pero parecía que no sentía
nada, pues sólo trataba de ir a donde estaba mi padre tirado. Un par de
agentes le gritaban en forma arrogante y la empujaban hacia atrás como a
un animal, pero ella no desistía, quería estar a su lado para
atenderlo. De repente, un calié la agarró de los cabellos y la golpeó
fuertemente en la parte trasera de la cintura con una macana (a mi
hermano Alberto le parece que fue con la culata de una ametralladora que
la golpeó, segun él lo recuerda) y la obligó bruscamente (empujándola
con fuerza hacia abajo por los cabellos como a un animal) a que se
arrodillara en la acera al lado izquierdo de la entrada a la embajada,
gritándole con arrogancia "arrodíllese ahí!".5 La
forma en que trató a mi madre, como a un animal, cuando ella estaba
desesperada ante su marido moribundo, ya herida de bala, es algo que
nunca se borrará de mi mente, jamás. Ninguno de los agentes mostró ninguna misericordia; todo lo contrario, hacían desmanes y gritaban con arrogancia.
Tal
como mi padre lo había previsto, las personas que trabajaban en el
edificio de enfrente, y supongo que personas de otras partes, habían
salido a la calle al oír los disparos. Había mucha gente en las aceras
al otro lado y algunas gritaba desesperadas: “¡No los maten, asesinos,
no los maten! ¡Son niños, no los maten, criminales, son niños!”
undiadejulio.blogspot.com
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Embajada de México atacada varias veces por turbas
Resulta
obvio que, por algún motivo sin lógica o por alguna razón oculta,
Trujillo también se obsesionó con la embajada de México en Ciudad
Trujillo en los meses de julio y agosto de 1960 hasta el momento en que,
al igual que otras embajadas latinoamericanas, la embajada mexicana
cerró sus puertas debido al rompimiento de relaciones con el régimen de
Trujillo acordado en la Reunión de Cancilleres en San José, Costa Rica a
mediados de agosto de 1960 por el atentado contra el presidente
venezolano Rómulo Betancourt. Antes de ese rompimiento, la embajada de
México en la capital dominicana fue objeto de varios ataques de turbas
del régimen y de violentos intentos de “asilo en masa” de supuestos
“antitrujillistas”, pero que resultaron ser nada menos que paleros del
régimen. Las turbas rompieron ventanas, hirieron a un par de
funcionarios mexicanos y hasta penetraron a la fuerza en la sede
diplomática para sembrar el caos y el terror. Luego, las autoridades
dominicanas llegaban, siempre demasiado tarde, a controlar la violenta
situación que el mismo régimen había creado.
Tal
como lo señalan algunos investigadores, es probable que estos ataques de
las turbas tuvieran el propósito de obligar a la embajada a exigir la
presencia de guardias en sus inmediaciones para protegerse de las
turbas. Debido al asalto a la embajada de Brasil el 7 de julio de 1960,
las sedes diplomáticas en el país exigieron que les retiraran los
agentes secretos y cualquier personal uniformado de sus inmediaciones
puesto que el único propósito de los agentes paramilitares y
militares era interceptar violentamente a los dominicanos que recurrían a
dichas sedes en busca de asilo. El régimen se habia visto obligado a
ceder a esta exigencia para no empeorar su situacion ya que el 18 de
Agosto se iba a celebrar la reunion de cancilleres en que se iba a
decider si imponerle sanciones económicas y diplomáticas al régimen o
no. Con la acción de estas turbas, la dictadura obligaba a la embajada a
solicitar desesperadamente a los agentes armados que antes había
rechazado, poniendo así a los diplomáticos mexicanos en una posición
paradójica, ridícula y humillante. A continuación pueden apreciar
algunos artículos sobre estos peligrosos ataques.


El siguiente ataque fue anterior, ocurrió días antes del 28 de julio, 1960:
Joven es acribillado a la entrada de la embajada de México
Gilberto
Perez Jimenez, joven que quedó herido de bala, pero que sobrevivió
gracias a la intervención de los secretarios de la embajada
mexicana. Fue herido por los calieses que rodeaban las embajadas al
tratar de asilarse en la embajada de México.
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Embajada de Argentina
Los siguientes
párrafos y las fotos provienen de la página de recuerdos de María
Magdalena Escobar, hija del embajador argentino en Ciudad Trujillo en
1960, el Dr. Enrique Escobar Cello. La hija del embajador de Argentina
ha tenido la gentileza de compartir sus valiosos recuerdos y sus fotos
en su portal, ayudando con esto a documentar la odisea de los que se
resistieron o lucharon en contra de la dictadura.
“Escuchaba
sus historias, realmente terribles, estaban muchos de ellos lastimados
por las torturas; unos con quemaduras de cigarrillos, otros por la
picana en los genitales, vagina, lo inimaginable. José Frank, mientras
estaba en la silla eléctrica, le quemaban las piernas con periódicos
encendidos. Con mi madre los curamos, llevábamos al médico escondido en
el baúl del Impala cuando ya noche cerrada no quedaba personal
doméstico.”
Testimonio de María Magdalena Escobar, hija del embajador argentino en RD en 1960, Dr. Enrique Escobar Cello
Recuerdos de mi vida II
Pueden leer mas en: http://chinaescobar2.blogspot.com/
(José Frank, como otros, entró corriendo a la embajada bajo una lluvia de balas.)
Los
recuerdos de María Magdalena (China) Escobar, hija del embajador de
Argentina en nuestro país en 1960, se encuentran en el siguiente portal: http://chinaescobar2.blogspot.com/
En
otro portal, María Magdalena Escobar, hija de ese valiente diplomático
argentino y de doña Elsa, su señora esposa, quienes les salvaron la vida
a decenas de dominicanos, comenta lo siguiente:
"En
1960,mi padre, el Dr. Enrique Escobar Cello fue Embajador Argentino en
República Dominicana, con mi madre, y el Dr. Read, escondido en el baúl
del auto, curamos y atendimos las terribles heridas de 50 asilados,
heridas de torturas. Entre ellos,
Sina Cabral Mejia, Rafael Gomez Pérez, Abel Rodriguez del Orbe, José
Frank y muchos mas que no recuerdo el nombre, unos estaban en la
Residencia y el resto en Cancillería Argentina, a mis 20 años fui con un
joven argentino casa por casa, a buscar dinero y cartas de sus
familiares.
La
OEA habia roto relaciones asi y todo pudimos mandarlos a nuestro País
en busca de la LIBERTAD, muchos de ellos nos esperaron en Ezeiza con
gran cariño, dado que hasta la comida les era servida por mi madre y yo,
el Servicio de inteligencia, los esperaba al servicio doméstico, todos
los días, nos ponían micrófonos y tenían prohibido atenderlos, tenían
terror. Pasamos momentos muy difíciles que le costaron la salud de mi
padre.
Nunca
tuvimos la satisfacción de un reconocimiento de ese querido país, no
importa Dios sabe que hicimos todo para que estén bien y vuelen a un
pais grande en ese momento cuando vivíamos una verdadera democracia."
(Fin de la cita)
Estos
asilados se habían metido desesperados en la embajada después de salir
de los centros de tortura cuando la dictadura los soltó (temporalmente)
por presiones de la OEA y la comunidad internacional. Sabían que la
costumbre era
"desaparecer" a los presos políticos después de que los "liberaban"
(para lavarse las manos) y por eso buscaban asilo en las embajadas.
Hasta hoy, el antitrujillismo y el pueblo dominicano en general están
endeudados con el embajador de Argentina, Dr. Enrique Escobar Cello, y
su familia por las decenas de vidas que salvaron poniendo sus propias
vidas en riesgo. Desde esta página
le rendimos nuestro tributo y agradecimiento a la solidaria familia
Escobar por todo lo hizo en esos difíciles días de nuestra lucha por la
liberación del pueblo dominicano.
1960, o la embajada argentina jugándosela
El
día 9 de agosto en la mañana recibimos la orden de recoger nuestras
pertenencias para llevarnos a nuestras casas. Tan pronto llegué a
Salcedo a través de mi amiga del alma, la única que me visitó en La
Victoria, Altagracia Gil, hice contacto con el grupo del cual formaban
parte Yolanda Bloise de Brito, René Sánchez Córdoba y Rubén Echevarría.
Por
otra parte, Salvador Sturla contactó al Primer Secretario de la
Embajada de México, para que me recibiera en calidad de asilada
política.
Ya
realizados los contactos, comuniqué a mis padres mi decisión, la noche
anterior a realizar mi asilamiento, asegurándoles (que) no correría
ningún peligro, pues serían dos los vehículos que participarían, y los
compañeros estarían armados. Aunque no era cierto, la versión los
tranquilizó. Estaba decidida, y prefería (que) me mataran en el jardín
de la Embajada, como ya había sucedido a otros, antes que permanecer
indefensa, sujeta a los caprichos de una fiera agonizante. Nunca
olvidaré el sollozo de mi padre, en su abrazo de despedida, sin saber
cuándo volveríamos a vernos, si era que el asilamiento resultaba
exitoso.
A
las 6.00 AM se iniciaba la vigilancia de mi casa, lo que hacía
necesario salir de madrugada, así lo combiné con el chofer que viajaba a
Santo Domingo, miembro no conocido del movimiento, quien de inmediato
accedió a cambiar la hora de salida. Mi mamá viajó conmigo. Quedó donde
unos parientes, y a Polo, que así se llamaba el chofer, para no
comprometerlo, acordamos (que) dijera (que) me dejó en la iglesia del
Carmen. En realidad me desomonté en la residencia de Yolanda Bloise,
donde ya me esperaban los compañeros mencionados anteriormente. Me
informaron (que) el asilamiento, por razones de seguridad, debería
realizarse en la Embajada Argentina, donde ya otros compañeros lo habían
hecho. Leí una página de la Biblia que Yolanda me señaló, y de
inmediato me fui con ellos. Me señalaron la casa "en la Pedro Henríquez
Ureña" (sic), y me dejaron a una cuadra de distancia, de la puerta de la
verja, que era baja. Nos intranquilizó un cepillo en vía contraria, lo
que provocó que yo entrara al jardín de la casa vecina equivocadamente, y
que ellos casi chocaran el carro en que regresaban del supermercado la
Embajadora y su hija. Al darme cuenta de mi equivocación, ya estaba
dispuesta a saltar el seto vivo que separaba ambas residencias, pero al
ver al cepillo seguir su camino, salí a la acera y toqué normalmente a
la puerta de la embajada. Pregunté por el Embajador o por su esposa, no
estaban y me pidieron que esperara, al momentito, muy sonriente y
amable, pero algo nerviosa, porque unos locos habían estado a punto de
chocarlas, hizo su aparición Doña Elsa Escobar Cello. Yo esperaba
sentada en el vestíbulo fumando un cigarrillo, vicio al que me introdujo
María Teresa en La Victoria, y que fue motivo de muchas bromas.
Al
manifestarse el motivo de mi presencia, se comunicó de inmediato con su
Cancillería, y rápidamente estuvo con nosotras el primer Secretario de
la Embajada, el Señor Sierra.
Me procuraron un ejemplar del libro
Complot Develado (escrito en la 40 por Fefé Valera Benítez) donde los
anteriores asilados habían subrayado las fotos de las personas que a
juicio de ellos corrían mayor peligro de muerte, entre ellas estaba yo.
A
la sazón ya era inminente la celebración de la Quinta conferencia de
Cancilleres en Costa Rica, donde se juzgaría la paternidad de Trujillo
del frustrado atentado contra la vida del presidente constitucional de
Venezuela Rómulo "Bethancourt" (sic). Ante la inminendia de las
sanciones diplomáticas y económicas al régimen, el Embajador Don Enrique
Escobar Cello, me llamó aparte y me explicó (que) si la ruptura de
relaciones diplomáticas se producía antes de nuestra salida hacia su
país (que) nosotros quedaríamos desprotegidos, ya que únicamente ellos y
su personal conservarían la inmunidad. Me preguntó si contaba con
alguien que me escondiera en el caso de que a ellos los conminaran a
salir, y yo le contesté que no, haciéndole notar que había otras cosas
peores que la muerte, a lo que él me aseguró que nunca me abandonaría.
Mi agradecimiento a tan responsable diplomático y a toda su familia será
eterno.
Los
embajadores y su hija me acogieron como a un miembro más de su familia.
Podía salir al patio a jugar con su perrita, después de retirado el
servicio doméstico. Un día en que departíamos en la sala, voces
alteradas de personas nos hicieron tirarnos al piso. Era el grupo de los
Valera Benítez, Hugo Toyos y su esposa Queyita Santos en busca de
protección diplomática. Luego llegó José Frank Tapia después de sufrir
un vía crucis de irresponsabilidad, luego Evangelina Leroux.
Vehículos
de la Embajada Argentina nos escoltaron hasta la Cancillería, en busca
de nuestos pasaportes. Allí fuimos contemplados por los empleados como
extraterrestres.
El
día 26 de agosto, escoltados también por vehículos de la legación
diplomática, nos dirigimos al aerpuerto de Punta Caicedo, yo bajo la
vigilancia permanente del Señor Sierra, Primer Secretario de la
Embajada, con instrucciones del Embajador de no tomar ni agua en el
aeropuerto y no separarse bajo ningún concepto de mí hasta que no
estuviera en el asiento en el avión. Viajamos por la línea aérea Varig,
de la cual en ese momento era funcionario -Papy- Rodríguez Villeta,
quien me imagino sufrió un mundo viéndonos escapar del tirano.
Tomasina Cabral Mejía (Sina Cabral).
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El caso de las tres embajadas
(Venezuela, Ecuador y Brasil)
Uno de los grupos de asilados que conocimos en Río de Janeiro (no les puedo decir cuantos eran ni quienes eran todos exactamente) estuvo encerrado en la residencia diplomática por unos dos años, yo calculo. Creo que los primeros que se habían asilado en lo que era entonces la embajada de Venezuela fueron los tres hermanos Moreno y otros que hoy yo no podría identificar, a quienes Trujillo se negaba a darles el salvoconducto para que salieran del país. A ese primer grupo se le fueron sumando otros asilados, hasta que creo que el grupo de asilados atrapados en esa sede llegó a unos 30 asilados o más. Los primeros en entrar creo que pasaron más de dos años encerrados y los demás menos tiempo, pero todos ellos sufrieron la incertidumbre y la desesperación de encontrarse hacinados y encerrados en una residencia rodeada de calieses y militares armados, sobreviviendo a base de alimentos racionados, durmiendo en el suelo, etc.
Diana González nos contó que varios de ese numeroso grupo de asilados se asilaron primero en la embajada de Venezuela en 1958. Entonces, cuando Venezuela rompió relaciones diplomáticas con el régimen en 1959, con el fin de que los asilados no quedaran desprotegidos y expuestos a la captura segura de los agentes, nos contó que en el momento en que el embajador de Venezuela le entregaba la carta de rompimiento al canciller dominicano, en ese mismo momento el embajador del Ecuador le entregaba la carta al canciller informándole que esa sede (la residencia diplomática ubicada en la Máximo Gómez) pasaba a ser la nueva sede de la embajada de Ecuador. Posteriormente, cuando Ecuador hizo lo mismo, es decir, cuando rompió relaciones diplomáticas con el régimen, en el momento en que el embajador ecuatoriano le entregaba la carta de rompimiento de relaciones al canciller dominicano, en ese mismo momento el embajador brasileño le entregaba una carta al canciller informándole que a partir de entonces, esa sede se convertía en la embajada de Brasil o en una dependencia/oficinas de la embajada, no recuerdo. De esta forma los asilados originales, más los que se fueron asilando después, no perdieron la protección diplomática y estuvieron encerrados en la misma residencia de la Máximo Gomez bajo tres banderas. Lo más importante se había logrado: Mantener a los asilados protegidos bajo el derecho de asilo al amparo de los embajadores de estos tres países quienes se sacrificaron para salvarles la vida a todos estos perseguidos políticos.
El sacrificio de estos embajadores, sus familias y los funcionarios de las embajadas fue mucho mas allá que soportar la actitud amenazante del gobierno trujillista hacia ellos y sus familias por tener la osadía de rehusarse a entregar a los asilados, fue mucho más allá que la enorme incomodidad de tener a tantas personas alojadas en la residencia diplomática, con gente durmiendo en fila en el suelo de la sala y donde hubiera espacio y de tener que racionar la comida. Porque, además, el régimen trujillista se aseguró de que esa vida encerrada y hacinada se convirtiera en un verdadero infierno para los asilados, el embajador y su familia. Diana y otros nos contaron que les habían cortado la luz, el agua y que el régimen hasta les había hecho zanjas alrededor de la residencia para que no pasaran los carros del embajador y los funcionarios con comida para su familia y los numerosos asilados. Nos contaron que el embajador y su esposa (no sé de cual o cuales de los tres países) tenían que traer la comida en fundas a pie pues, debido a las zanjas, los carros no podían pasar.
Deseo comentar, a manera de anécdota, que uno de los hermanos Moreno (según recuerda mi madre, fue Luis) se había dejado crecer el pelo cuando estaba en la embajada porque hizo una promesa de que no se lo cortaría hasta que cayera la dictadura de Trujillo. Cuando nosotros lo conocimos en Brasil tenía el pelo largo en una cola.
También nos contaron que como habían pasado tanto tiempo encerrados algunos de los asilados se volvieron bastante excéntricos. Por ejemplo, como racionaban la comida dentro de la embajada, uno de los asilados medía las porciones que le tocaba a cada asilado con exactitud matemática. Nos contaron que usaba una regla para medir las porciones del queso (cuando les compraban queso) en forma sumamente precisa y bajo mucha tensión para no equivocarse.
También nos contó Diana que en la embajada ellos se mantenían alejados de las ventanas pues Trujillo tenía esa embajada rodeada de gente armada. Nos contó que en una ocasión uno de los niños se había trepado en una ventana y que afuera estaba parado un calié listo para agarrarlo. Diana dice que ella se acercó al niño sigilosamente para no asustarlo y que no fuera a perder el balance y rapidamente lo atrapó en sus brazos.
Cuando se metió un calié en la embajada haciéndose pasar por un perseguido político (habían llegado a la conclusión de que era un calié) le dijeron al calié que uno de los asilados estaba medio loco y que tuviera cuidado. Ese tal “loco” de noche se acostaba al lado del calié y una o dos noches sacó un cuchillo afilado y se quedó mirando al calie con ojos de loco haciendo desmanes con el cuchillo. Al día siguiente el calié se desapareció de la embajada.
Diana González y creo que uno de los hermanos Moreno nos contaron en Brasil que cuando salieron de la embajada en Ciudad Trujillo el personal de la embajada (posiblemente con voluntarios de otras embajadas cercanas) se paró afuera en dos hileras haciendo una especie de “túnel” humano de protección, tomados de las manos para que por el medio pasaran los asilados hasta subir en el autobús que los llevaría al aeropuerto. Detrás de los que formaron el túnel humano estaban parados agentes armados del régimen con miradas agresivas. Les habían dado a los asilados unas banderas brasileñas para que varios se agarraran de cada una de ellas al salir de la residencia en señal de protección diplomática. No recuerdo si me dijo que se montaron en uno o en dos autobuses. Me contó que el autobús, o los dos autobuses, también llevaban banderas brasileñas en los lados en señal de protección diplomática.
A continuación, podrán cerciorarse de que la prensa internacional de la época avala lo que los asilados nos habían contado gracias a la información que los periodistas obtenían de parte de los diplomáticos y gobiernos afectados:
Abajo, los dos artículos señalan que el régimen trujillista no les concede el salvoconducto a 13 asilados que se encuentran en la embajada de Venezuela en Ciudad Trujillo. En el cuarto párrafo del segundo artículo (The Victoria Advocate) dice que el régimen le ha cortado la electricidad y el agua a la embajada, confirmando lo que nos contaron los asilados en Río de Janeiro. Agrega que también ha obligado a los sirvientes de la embajada a que renuncien a su trabajo. Noten que fueron publicados en 1959.
La autora, Eva J. Abreu, presenta muchos recortes de la prensa internacional que documentan los vejámenes a la embajada que ella describe más arriba. Por falta de espacio, omitimos dichos recortes, pero los lectores interesados pueden encontrarlos en el siguiente enlace:
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Las falsas embajadas
Escudo auténtico de la embajada de Argentina en Ciudad Trujillo
Ya
estando en Estados Unidos, mi madre me contó un par de veces que cuando
un país rompía relaciones diplomáticas con el régimen trujillista, a
menudo el régimen le dejaba (o le colocaba) el escudo y la bandera del
país a la residencia donde había estado la sede diplomática. De esta
forma, cuando antitrujillistas se “asilaban” en esas viviendas/oficinas
creyendo que todavía eran embajadas, cuando entraban lo que encontraban
era calieses esperando a sus víctimas. La prensa del régimen no
publicaba nada sobre el rompimiento de relaciones con equis país por
varios días o semanas para usar la sede como trampa mortal. Esa era una
de las razones por las que era tan importante escuchar clandestinamente
las estaciones de radio de otros países. No sé si esto era algo que mi
madre sabía desde que vivíamos en Santo Domingo o si fue algo que le
contaron sus hermanas o amigas que nos visitaban después de la caída del
régimen.
Hace
unos años leí un caso de un joven que se fue a asilar a la embajada de
Cuba a finales de los cincuentas, supongo que sería en 1959. El artículo
fue escrito por su amigo y éste comentaba que cuando vieron que su vida
corría peligro o cuando lo soltaron de la cárcel como preso político
(no recuerdo las circunstancias), él acompañó a su amigo hasta un par
de cuadras antes de llegar a la embajada de Cuba. Luego, su amigo siguió
caminando hacia la embajada mientras el autor del artículo lo observaba
disimuladamente desde detrás de una pared esquinera. Vio cuando su
amigo entró a la embajada de Cuba sin ningún problema. Ese amigo
escribió en el artículo que más nunca supieron del "asilado" hasta
nuestros días. Si algún día encuentro el artículo de nuevo o el nombre
del desaparecido, lo copiaré en esta página.
Cuando
leí sobre este caso, no asocié las dos cosas. Después me acordé de lo
que me había comentado mi madre. Como dice el artículo más abajo, a
finales de los cincuentas Cuba rompió relaciones con el régimen. Yo
sospecho que su amigo pudo haber caído en la trampa y que cuando entró
en la "embajada", los calieses lo atraparon para luego desaparecerlo en
una mazmorra. De lo contrario, ¿cómo se explica que desde ese momento en que entró en la embajada cubana no se ha sabido nada de él durante más de 50 años?
En
1959 Cuba rompió relaciones diplomáticas con el régimen. Luego, a
mediados de 1960, rompieron relaciones con RD los siguientes países:
Colombia, Perú, Bolivia y Ecuador, además de Venezuela por segunda vez.
Finalmente, a mediados de Agosto de 1960, por acuerdo multilateral en la
Reunión de Cancilleres en San José, Costa Rica, todos los demás países
del hemisferio (excepto Canadá) rompieron relaciones diplomáticas con
República Dominicana.
Recientemente (en junio de 2016) obtuve una confirmación por parte del ingeniero e historiador José Israel Cuello en el programa Revista 110 de Julito Hazím (Ver en YouTube Cuello relata destino de combatientes 14 de junio -
hora:1, minuto:15, segundo:25) cuando comentó sobre las sanciones de la
Reunion de Cancilleres en Agosto de 1960: "Se ordena romper las
relaciones de todos los países con la República Dominicana, entonces
dejan las embajadas practicamente abandonadas, pero adentro calieses
esperándolos y entonces se producen centenares de asilos en esas
embajadas y que los recogen y los matan."
También
había leído un artículo que brevemente comentó precisamente eso que me
contó mi madre: Que les dejaban o que les ponían la bandera y el escudo
al inmueble cuando ya equis país había roto relaciones diplomáticas con
el fin de usar la ex embajada como una trampa. No tomé nota del título
ni del periódico en que se publicaron esos dos artículos porque en esos
años yo ni soñaba con crear un portal sobre Trujillo y las embajadas y
el sangriento atropello a mi familia.
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Embajada de Cuba
En
un régimen como el de Trujillo, el más totalitario del continente,
creer que este ataque por esta turba fue una acción autónoma,
supuestamente organizada por un grupo de exiliados cubanos sin la
aprobación, la cooperación y probable iniciativa del régimen sería poner
de manifiesto una ingenuidad excepcional. Inclusive, no sería de
extrañar que la tal turba que la prensa trujillista identificó como
"cubanos" estuviera compuesta principalmente por paleros dominicanos.
Febrero 1, 2012
(Cuba en Sucesión. Criterios y Opiniones)
(A continuación un extracto)
La
famosa emisora radial cubana “Radio Reloj”, transmitía la noticia de la
agresión sufrida por los diplomáticos cubanos. Eso ocurría, en el
intervalo de tiempo entre la agresión mañanera y el regreso a la casa de
la Embajada cubana. Radio Reloj informaba que los diplomáticos se
encontraban bien.
Al escuchar la noticia, Gloria Amelia decide
llamar por teléfono a Ciudad Trujillo. Logra hablar con Riva Patterson,
que le dice que se dirija hacia el Ministerio de Relaciones Exteriores
en compañía de su hermano Armando y que le diga al Ministro Agramonte
que tienen que regresar los cuatro. Que resultaba imposible la
permanencia en Santo Domingo. Esta comunicación telefónica sucede
minutos antes de comenzar el asalto a la Embajada.
No bien se retiró el Embajador del Perú se produjo un silencio extraño. Los ruidos de la calle desaparecieron, cesó el tráfico.
Riva
Patterson y Ricardo Suárez salieron a la terraza. Uno de ellos se asomó
al balcón. Enseguida, alarmado, llamó a su compañero: “Mario, asómate a
aquí, han retirado a los policías”.
Era un indicio sospechoso.
Ambos se dirigieron al saloncito de la planta alta. Allí se encontraba
Díaz del Real. Pocos momentos después oyeron motores de guaguas y
camiones, acompañado de una gritería ensordecedora.
En ese
instante, se confirmaron los recelos. En la calle se alzó un rumor de
gritos e injurias. Eran aproximadamente 150 personas lanzando piedras
sobre la fachada de la sede diplomática. Los cristales de las ventanas
saltaron hecho añicos. Una turba frenética se lanzaba al asalto de la
Embajada, a los gritos de: “Abajo el asesino Fidel Castro” y vivas a
Batista y al Generalísimo Trujillo.
Todas las puertas exteriores
de la casa tenían grandes rejas de hierro que, por precaución, se
encontraban perfectamente cerradas. Julio Cruz, el más joven de los
cuatro, muy indignado, quería salir.
“Tranquilo”, le dijeron. “Que sabes tú de una turba sin control?”. “Déjalos que griten mientras solo hagan eso”.
Pero no era eso lo que se proponían los furibundos esbirros batistianos.
A prudente distancia se apostaron centenares de curiosos para disfrutar del espectáculo.
La
puerta de la Embajada resistió la primera acometida. Surgieron entonces
patas de cabra y mandarrias. La puerta se vino abajo. Seguidamente, la
turba corrió desenfrenadamente por jardines y portales.
Afortunadamente,
los cuatro diplomáticos se encontraban en el interior de la casa.
Pronto llegaron a la conclusión de que los asaltantes podían entrar
desde cualquier dirección y de común acuerdo subieron, a todo lo que le
daban las piernas, al piso superior de la casa.
Julio Cruz,
empuñando su pistola, se disponía a disparar contra uno de los
asaltantes que casi tenía derribada la puerta de entrada, pero entre
Díaz del Real y Riva Patterson le contuvieron, diciéndole (tal vez
pensando que los asaltantes solo se dedicarían a destruir) que aun no
había llegado el momento.
Batistianos y trujillistas se
extendieron por toda la planta baja, emprendiéndola con los muebles y
las tapicerías. De pasada echaban mano a cuanto objeto de valor
encontraban a su paso.
“Están arriba, vamos a cogerlos”, gritó uno de ellos.
Los
diplomáticos se refugiaron en el último cuarto. La planta alta tenía
una terraza al frente, un salón donde había un radio, sofás y butacas.
Un corredor largo al cual daban las habitaciones y al final una
habitación más grande, con baño, que era la utilizada por Riva
Patterson.
Entre la habitación y el corredor, estaba ubicado un
pantry con un refrigerador. Para llegar a esa habitación, debían
atravesarse dos puertas. Si las puertas permanecían abiertas, se veía
todo el corredor.
Entraron corriendo y cerrando, a su paso, ambas
puertas, mientras escuchaban los gritos y los destrozos que causaban en
la planta baja. Sintieron los pasos cuando los asaltantes comenzaron a
subir la escalera.
Julio y Ricardo miraban, por las ventanas que daban al fondo. Comprobaban si desde esa dirección podían ser atacados.
Mientras
tanto Riva Patterson y Díaz del Real empujaban un escaparate contra la
puerta de la habitación. Todavía tenían esperanza de que aquella turba
se contentara con destrozar la casa.
Al frente de la turba
marchaban tres de los peores esbirros del marzato: Ventura Novo, Conrado
Carratalá y Lutgardo Martín Pérez.
Segundos más tarde, los
diplomáticos, ahora sitiados, sentían como derribaban la primera puerta.
Cuando Díaz del Real y Riva Patterson intentaban bloquear la segunda
puerta, una ráfaga de ametralladora pasa entre ambos, haciendo saltar
pedazos de gavetas y puertas del escaparate que cayó al suelo. Las balas
se incrustan en la pared del fondo. La segunda puerta cedió a golpes.
Las balas llegaban silbando, desde la calle, a través de una ventana lateral.
Suponían,
tal vez, que los diplomáticos se encontraban desarmados. Escucharon la
voz de Ventura diciéndole a uno de los asaltantes que entrara por el
hueco en que se había convertido la última puerta. Sonó el disparo
inconfundible de un revólver 38. Era un tiro imposible de fallar. Le
habían acertado en la frente.
El asaltante muerto quedó atravesado en lo que había sido la puerta del cuarto.
La
turba arremolinada en el corredor, ahora corría hacia atrás, en
dirección a Carratalá, que se había quedado "rezagado". Algunos entraron
en las habitaciones colindantes, efectuando disparos hacia la
habitación.
Como quiera que la puerta se encontraba medio
destruida, desde el corredor y la sala los asaltantes divisaban parte de
la habitación de los sitiados, los cuales se habían refugiado dentro
del baño.
Éste era el lugar que más seguridad les ofrecía, dado a
que su posición (dentro del cuarto) hacía un ángulo recto en relación a
la puerta de entrada. En contraposición, no tenían visibilidad hacia el
corredor. Uno de los sitiados permaneció vigilando la puerta de
entrada.
Los asaltantes intentaron varias veces irrumpir, pero
uno o dos disparos les bajaron los ánimos. La situación se estabilizó
por un tiempo.
La habitación era amplia, era casi un salón.
Situada en una de las mesas de noche, se encontraba un teléfono directo.
Por supuesto que aquella casualidad no había sido planificada, ni mucho
menos, pero resultó ser de incalculable valor para los sitiados. Las
comunicaciones servirían para que en el exterior de la Embajada
conocieran que aun estaban con vida.
La turba, mientras tanto, se
dedicaba a destruir la casa. Buscaban, por el jardín, la forma de
atacar la habitación. Si los asaltantes lograban entrar, eran hombres
muertos. La única esperanza era mantenerlos a raya con las pocas balas
que les quedaban.
Díaz del Real tenía un machete en la mano.
Nadie sabía de dónde había salido, ni nadie le preguntó. Supusieron que
fuese algún adorno. Blandiendo el machete dijo: "Para cuando se acaben
las balas".
"No creo que te sirva de mucho", le dijo Riva Patterson. Ambos se miraron unos instantes.
"Sabes que estás pálido como un muerto?", le preguntó.
"Te imaginas que tu luces muy bien?", ripostó Riva Patterson.
"Hasta tienes peste a muerto".
No
hubo risas, pero la tensión se calmó un poco. El más calmado de todos
era Ricardo Suárez. Julio Cruz se movía, por el baño, como una fiera
enjaulada.
Sonó el teléfono. Increíblemente funcionaba. "Ve al
teléfono", le dijo Díaz del Real a Riva Patterson. "Tú conoces mucha
gente aquí. Es posible que puedas pedir ayuda".
El problema consistía en que, para llegar al teléfono tenían que pasar por delante de la puerta, con muerto y todo incluido.
"Coge impulso", dijo Ricardo Suárez. "Cuando vayas a pasar, yo disparo hacia el corredor".
Esta
maniobra suponía que dos de los sitiados debían salir del baño. Uno
para el teléfono y el otro mantenerse de guardia, para evitar la
irrupción de los asaltantes dentro de la habitación, al percatarse de
que uno de los sitiados se encontraba distanciado del resto.
Apoyando
un pie en el borde de la bañadera y mientras Ricardo disparaba dos
veces hacia el corredor, pasó por delante de la puerta yendo a
estrellarse contra la pared, al lado mismo del teléfono. Varios
disparos, de los asaltantes, fueron a parar a la pared del fondo.
Ahora,
tirado en el suelo, se tapaba con el colchón de la cama, en vano
intento de protegerse de las balas enemigas. Levantó el auricular. Era
una llamada del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba que,
enterados por los cables, de los sucesos de la mañana, preguntaban por
los pormenores de lo ocurrido.
Nunca llegaron a precisar cuántas
llamadas fueron realizadas o recibidas, pero todo indica que la llamada
inicial la realizó su tío Enrique Patterson, en su calidad de segundo
introductor de embajadores en el Ministerio de Relaciones Exteriores.
Seguramente seguía órdenes del Ministro Agramonte, alertado por Gloria y
Armando.
Las duras frases que Gloria escucha pronunciar a
Enrique Patterson (un hombre con mucha experiencia diplomática) hace
comprender a Gloria que la situación es sumamente grave.
Todavía,
a esas alturas, no sabía que los cuatro hombres se encontraban bajo
fuego. Entonces, le pasan el teléfono para que hable con su marido.
"Tu regresas mañana?", le preguntó.
"Haré todo lo posible. Reza por mi", contestó Riva Patterson.
Su
marido no había sido jamás religioso practicante, ni utilizaba esos
términos habitualmente. Gloria intuyó el peligro. Los hijos del
matrimonio rezaron toda la noche, hasta quedar dormidos.
La segunda llamada fue realizada a la policía. Del otro lado, respondió una voz burlona: "Ya vamos para allá´".
Solo
doscientos metros separaba la estación de policía más próxima de la
casa de la Embajada. Tenían que estar oyendo el estruendo de las armas.
La gente corría en todas direcciones. Ya llevaban más de una hora
sitiados y la policía brillaba por su ausencia.
La llamada a la
Embajada del Perú tampoco surtió efecto. Varela no estaba. A los
encargados de negocios de México y Venezuela les pidieron, por favor,
que se dirigieran al Ministerio de Relaciones Exteriores o a donde
fuera. Necesitaban ayuda urgentemente.
Llamó al Embajador de España, Sr. Sánchez Bella, que se quedó estupefacto:
"Si quiere ver como asesinan a cuatro hombres, venga a la Embajada de Cuba", le dijo.
Columnas
de humo comenzaba a penetrar dentro del “baño-refugio” de los sitiados.
Toda la ciudad sabía lo que estaba ocurriendo desde hacía dos horas. Al
parecer, la policía había decidido presentarse solamente para realizar
el levantamiento de los cadáveres.
La algarabía comenzó a disminuir paulatinamente, hasta que se hizo silencio.
Esta
agresión provocó el propio día, una nota de protesta de la Cancillería
cubana: «Hechos incalificables como este –se denunciaba– empeoran aún
más las relaciones existentes entre Cuba y República Dominicana». (Nota
de la Cancillería cubana a Vicioso, del 5 de junio de 1959. AGN, fondo
Presidencia, Embadom Cuba).
Lejos
de tomarse represalias por parte de las autoridades revolucionarias de
la isla, […] el comandante Camilo Cienfuegos, Jefe del Estado Mayor del
Ejército Rebelde y el Capitán Armando Torres y Mesones, reiteraron las
garantías ofrecidas por Fidel Castro […]. Es de opinión que no se
producirán actos violentos contra los diplomáticos dominicanos, pero ha
impartido órdenes de estrechar la vigilancia. (Secretaría de Estado de
Relaciones Exteriores, carta del 6 de junio de 1959. AGN, fondo
Presidencia, Embadom Cuba).
Riva
Patterson, desde su posición al lado del teléfono, vio en el balcón a
un raro sujeto de chaqueta roja. "Quién es usted?", preguntó. "Soy
bombero, abajo están ardiendo los muebles".
Con mucha precaución, los cuatro diplomáticos comenzaron a bajar las escaleras.
Por
fin, a las dos horas justas de haber comenzado el ataque, apareció la
policía. Miraban incrédulos a los cuatro cubanos. Era imposible que
estuvieran vivos después del ataque de tan connotados especialistas
batistianos y con un margen de tiempo más que generoso.
En las afueras de la casa se habían concentrado tropas del ejército y hasta un vehículo blindado.
Regresaron
a la segunda planta y se asomaron al balcón de la terraza, desde donde
divisaron a un grupo de soldados. Un oficial se dirigió a ellos:
"Pedimos permiso para pasar", dijo.
Recibió el permiso inmediatamente. Entonces, en un movimiento inusual, el oficial se dirigió a la tropa diciéndoles:
"Fíjense bien que me han autorizado a pasar. Yo voy a pasar porque me están autorizando".
Fue el embajador español el primero que llegó al lugar de los hechos. De estupefacto pasó a colérico:
"Esto es una salvajada", sentenció.
Sánchez
Bella era miembro distinguido de La Falange española. Gozaba de gran
prestigio en la República Dominicana. Sin embargo, de todas las
manifestaciones pronunciadas por el Cuerpo Diplomático, fueron las
suyas, las más severas.
Llegaron también, el Embajador de
Guatemala, los Encargados de Negocios de México y Venezuela. El
Embajador del Perú llegó más tarde. Todos estaban consternados. Riva
Patterson y Díaz del Real se dirigieron al Sr. Varela, solicitándole de
inmediato una reunión del Cuerpo Diplomático.
Estaban solicitándole algo insólito. La protección de dicho cuerpo.
Unos
diplomáticos pidiendo la protección de otros. También era insólita la
posición en que se encontraban. La estrategia de los cubanos, era forzar
al gobierno dominicano.
El ejército había desalojado a los
asaltantes, pero las tropas comenzaban a retirarse. Anochecía. La
situación de los cuatro hombres era más que difícil.
Por otra
parte, el Encargado de Negocios de Venezuela les comunicaba que las
estaciones de radio habían aumentado su volumen de propaganda
anti-cubana y que estaban permitiendo hablar a varios exiliados que les
llamaban (a los diplomáticos) asesinos, comunistas. Decían que se
estaban reuniendo grupos en diferentes zonas de la ciudad.
En
vistas de tales circunstancias, el Sr. Varela les propuso que Díaz del
Real y Riva Patterson se trasladaran a su casa, ya que ambos debían
concurrir a una reunión (convocada por Varela en su calidad de Decano
del Cuerpo Diplomático) pero que tenían que ver que hacían con Julio y
Ricardo que inexplicablemente, no tenían pasaporte diplomático y por
tanto carecían de inmunidad.
Riva Patterson se dirigió al
Embajador de Guatemala, pidiéndole que llevase a Julio y Ricardo para su
casa. Sorprendido por semejante petición, momentáneamente no supo que
responder, murmurando que él no podía conceder asilo sin consultar.
“No, Embajador”, dijo Riva Patterson, “no se trata de asilo, solo de que invite a estos señores a comer a su casa”.
De
esa forma, tan poco ortodoxa, quedaban Julio y Ricardo bajo la
protección del Embajador de Guatemala, mientras que él y Díaz del Real
continuaban bajo la protección del Embajador del Perú.
Ya en la
Embajada del Perú, el Sr. Varela les relató que mientras ocurría el
asalto a la Embajada cubana, él se había dirigido al Palacio
Presidencial y durante más de una hora, como Decano del Cuerpo
Diplomático, trató inútilmente de ver a Trujillo para que detuvieran
aquella barbaridad.
El ayudante de Trujillo le dijo que el
“Generalísimo” se encontraba ocupado y que le había pasado el recado.
Que lo recibiría lo más pronto que le fuera posible.
Cada diez
minutos se dirigía al oficial, explicándole la situación. Al fin,
Trujillo le recibió y lo primero que le dijo fue que ya había ordenado
detener el ataque. Que le habían informado que el grupo atacante estaba
compuesto por cubanos contrarios al gobierno de Castro y que tan pronto
le habían llegado las noticias, ordenó a las fuerzas de seguridad para
que intervinieran.
Por último le dijo:
“No se preocupe,
los cubanos, por los que usted se interesa, están bien”. “Los refugiados
estos, que tenemos aquí, son tan pendejos, que en dos horas no pudieron
coger a ninguno”.
La mujer del Embajador Varela, al sentir los
primeros disparos, pensó que se trataba de cohetes con los que estaban
celebrando alguna cosa. Para ver de qué se trataba, se asomó al jardín
de su casa, siendo testigo presencial del asalto. Estuvo ingresada en
una clínica, como consecuencia del shock, hasta que los diplomáticos
cubanos salieron de la República Dominicana.
Al cabo de cierto tiempo, comenzaron a llegar los Embajadores.
El
Embajador de los Estados Unidos, Sr. Farland, regresaba de una
pesquería y se presentaba en pull-over (t-shirt) y zapatos tennis. Se
disculpó diciendo que al escuchar las noticias no había querido perder
tiempo para cambiarse de ropa.
Poco antes de comenzar la reunión,
en la casa de la Embajada del Perú, uno de los sirvientes, que conocía a
Riva Patterson, le dijo que la radio había dicho que los cuatro
diplomáticos cubanos habían muerto. Entonces le condujo a un saloncito
donde se encontraba un equipo de radio y allí pudo escuchar que varias
turbas recorrían las calles portando carteles y gritando consignas.
Un
energúmeno pedía a Trujillo, que autorizara un duelo, entre dos de
ellos, cerrando una calle, y dos de los diplomáticos, para ver quiénes
eran más guapos (valientes) y otra serie de sandeces por el estilo.
En
la reunión, los diplomáticos cubanos plantearon abiertamente que en
horas de la mañana habían resultado objeto de una agresión física en
medio de la calle y por la tarde había sido asaltada la Embajada, a mano
armada.
Pedían del Cuerpo Diplomático lo siguiente: Protección,
en vista de que el Gobierno Dominicano era incapaz de ofrecerles
garantías.
Esta petición se sustentaba en base a que tan solo 300
metros de distancia mediaban entre la estación de policía más cercana y
la casa de la Embajada. Que el ataque había durado más de dos horas y
no habían sido capaces de intervenir.
El Embajador del Perú dijo
que, la reunión extraordinaria del Cuerpo Diplomático tenía por objeto
considerar la solicitud presentada, debido a que se encontraban en
peligro de muerte dos diplomáticos pertenecientes a dicho Cuerpo.
Uno
de los Embajadores dijo algo relativo a un convenio por el cual no era
posible que un diplomático pidiera asilo en otra Embajada.
“Claro
que eso no puede estar contemplado en un tratado, porque es un completo
absurdo”, dijo Riva Patterson. “Pero también es un absurdo que persigan
a tiros a unos diplomáticos, dentro de su propia Embajada y que al
final les intenten quemar vivos”.
La reunión se fue complicando, al punto de que los diplomáticos cubanos, que no sin razón se encontraban alterados.
Fue entonces que Riva Patterson exclamó:
“¡Qué tratado, ni que cojones!”
Ante
este exabrupto, el Embajador Sr. Pombo, de Argentina, hombre
relativamente joven, de barba corta, de esas que se conocen con el
nombre de chivo o perilla, se levantó, aproximándose a Riva Patterson y
dijo dirigiéndose a los allí reunidos:
“Vamos a descansar un momento, mientras yo hablo con el colega cubano”.
“Ven conmigo. Vamos a beber algo, a la cocina, para refrescarnos”.
Dirigiéndose
ambos a la cocina, continuó diciendo: “No te preocupes colega, ya
comprendo cómo te sientes, pero, para que estés tranquilo che, quiero
decirte que cualquier cosa que acuerden esta partida de boludos, tu
duermes esta noche en mi Embajada. A ver si se atreven también a asaltar
la Embajada Argentina”. “Mirá, si tu sales a la calle, no llegás a la
esquina!”.
Durante la reunión se recibieron varias llamadas del
Ministerio de Relaciones Exteriores, citando a distintos Embajadores,
con la evidente intención de interrumpirla. Al final, una numerosa
representación del Cuerpo Diplomático se dirigió a la Cancillería.
A
la reunión de la Cancillería asistió Juan José Díaz del Real. Mientras
tanto, Riva Patterson permanecía en la Embajada del Perú.
A las
ocho horas de la noche, llegaba a la Cancillería, la representación del
Cuerpo Diplomático. Se esclarecieron muchos aspectos.
El Canciller Herrera Báez no había concedido ninguna entrevista a los cubanos para las tres de la tarde de aquel día.
El
Canciller Herrera Báez expuso su versión de los hechos. Los
diplomáticos cubanos habían sido atacados en la calle. Santo Domingo se
encontraba llena de refugiados cubanos que, lógicamente no simpatizaban
con el gobierno de Fidel Castro. Estos, actuando por su cuenta, habían
atacado a los diplomáticos y él mucho que lo lamentaba.
“Hace
poco”, dijo Herrera Báez, “en La Habana colocaron una bomba contra
nuestra Embajada. Nosotros comprendimos que el Gobierno cubano no era el
responsable, aunque sí exigimos que se tomaran las medidas
pertinentes”.
“Los sucesos de hoy”, continuó el Canciller, “son
consecuencias de las luchas internas de Cuba, de las que el gobierno
dominicano no es responsable. Tan pronto el Gobierno dominicano supo que
estaban atacando a la Embajada, envió a las fuerzas de seguridad para
protegerles”.
Dentro de su intervención de casi 20 minutos, dijo
algo así como que probablemente los diplomáticos no se hubieran enterado
de que hasta un carro blindado había sido enviado a lugar de los
hechos.
Terminó diciendo que el Gobierno Dominicano garantizaba
la vida, la seguridad y la libertad de movimiento de los diplomáticos
cubanos.
Se negaba rotundamente a acceder a la solicitud de asilo
de los diplomáticos cubanos, que eso era un imposible y que las
garantía las daba a título de su gobierno y personalmente.
Nuevamente
en la Embajada del Perú y luego del informe de lo sucedido en la
reunión de la Cancillería, el Sr. Varela llamó aparte a Riva Patterson y
a Díaz del Real, para decirles que si ellos insistían en la petición de
asilo, él tenía la seguridad que lo encontrarían en cualquier Embajada
pero, que esa situación pondría al gobierno dominicano en una situación
sumamente difícil, por lo cual, él (Varela) tenía la completa seguridad
de que nunca saldrían de Santo Domingo, o por lo menos, hasta que
Trujillo muriera.
A continuación y de forma confidencial, le dijo
a Riva Patterson: “He hablado ya con el Generalísimo y me ha asegurado
que ustedes no van a tener más problemas. Mi sugerencia es que acepten
la palabra del Canciller y todo quedará resuelto de la mejor manera”.
El
Ministro de Relaciones Exteriores dominicano, había invitado a los
diplomáticos cubanos a hospedarse en el Hotel Embajador- El Sr. Varela
les acompaño hasta una suite de dicho hotel. Allí les esperaba una
fuerte custodia policial. A pesar de las agotadoras emociones de un día
tan dramático, era dudoso que pudieran dormir.
El hotel se
encontraba rodeado de soldados portando armas largas. Dos soldados a la
salida del elevador y uno en cada puerta, a lo largo del pasillo que
conducía a la suite. En la puerta, un Teniente, que les saludó
militarmente, diciéndoles que se encontraba a su entera disposición,
pidiéndoles que, si deseaban salir a alguna parte, él tenía órdenes de
acompañarles, como forma de protección.
Solamente una condición: Debían decirle a donde pretendían ir.
De
común acuerdo, decidieron comer algo en la propia habitación y
acostarse luego. No tenían más ropa que la puesta y consideraron
estúpido regresar a por las cosas personales.
Se afeitaron, tomaron un baño, luego comieron algo encargado al servicio de habitaciones y, a pesar de todo consiguieron dormir.
Entre
las siete y las ocho de la mañana del sábado día 6 de junio (faltando
solamente 8 días para el desembarco de tropas proveniente de Cuba), ya
se encontraban todos despiertos, menos Julio Cruz.
Llamaron a la
puerta de la habitación. Una expresión de alivio apareció en sus rostros
al advertir que era el Sr. Varela. Otro tanto se advertía en la cara
del Embajador al comprobar que sus colegas no habían sufrido nuevos
quebrantos durante la noche.
Solicitaron una llamada a La Habana.
Hablaron con el Viceministro Primelles, quién después de escuchar el
relato de los acontecimientos les ordenó regresar a Cuba inmediatamente.
Finalizada
la llamada, le informaron al Teniente que precisaban ir al buró de
turismo del hotel para reservar los pasajes de avión.
Riva
Patterson fue acompañado por el Teniente y dos soldados, que
permanecieron todo el tiempo a prudente distancia. Díaz de Real
permaneció en la habitación junto con Julio y Ricardo.
Aquellos
que no conocieron a la República Dominicana en la "Era de Trujillo", les
resultará difícil comprender la expectación que se produjo en el
hotel. Hoy parecería una escena de un filme de acción.
En aquella
época era totalmente normal que, en Ciudad Trujillo, luego que las
emisoras de radio y la prensa escrita hicieran un simple señalamiento
sobre una persona, era suficiente para considerarla muerta o
desaparecida.
La salida del elevador, escoltado por tres
militares armados era un acontecimiento inusual, máxime cuando en los
principales periódicos de esa mañana, aparecía la fotografía de Riva
Patterson con una leyenda de "Asesino".
«Esta es la fotografía del asesino filo-comunista, disfrazado de diplomático».
En
el mismo periódico aparecía un artículo, que ocupaba casi la última
página, en el cual un llamado «Ejército de Liberación» le había
condenado a muerte y terminaba la sentencia diciendo: «Ejecútese
dondequiera que pueda encontrarse».
Al atravesar el vestíbulo del hotel, algunas personas corrieron, otras se asomaban desde detrás de las columnas.
Una
jovencita les atendió en la oficina de turismo. En el momento en que
fue abordada por el diplomático, "condenado a muerte", se encontraba
leyendo el periódico «El Caribe».
La sonriente muchacha cambió la
sonrisa, para una mueca helada. Aquella niña temblaba como hoja que se
lleva el viento. Miraba la fotografía del periódico y nuevamente a la
cara de su interlocutor, sin atinar a nada.
El Teniente, dándose cuenta de la situación le dijo: "Señorita, haga el favor de atender a su Excelencia".
La
muchacha respondía afirmativamente, pero sus manos se negaban a
responderle y no conseguía anotar lo que se le estaba pidiendo.
Un
empleado de más edad acudió en su ayuda. Tomó nota de la solicitud y
momentos más tarde informaba que no encontraba espacio disponible en
ningún vuelo para La Habana. Por lo menos en un mes.
Ante
semejante sorpresa se le dijo que procurara reserva para México,
Jamaica, Venezuela o cualquier otro país y que tratara de hacerles
conexión para llegar a La Habana, lo más rápidamente posible.
Minutos
después le daba exactamente la misma respuesta. Efectuó un último
intento reservando para España, pero la respuesta del funcionario fue
siempre la misma. «No había espacio disponible».
Al principio, el
Teniente insistió con el empleado, intentando ayudar, pero a la segunda
negativa dejó de intervenir en el asunto, limitándose a permanecer, a
cierta distancia, discretamente.
Se encontraban nuevamente reunidos en la habitación del hotel. Se había incorporado el Embajador del Brasil.
Impusieron
a ambos Embajadores la nueva situación y los dos coincidieron en su
falta de extrañeza. Sabían, por experiencia, que ese era el método
utilizado en la República Dominicana.
Fue entonces que Riva Patterson recordó el ofrecimiento realizado por el Embajador de los Estados Unidos Mr. John Farland.
Sin
perder más tiempo telefoneó a Farland , el cual allanó todas las
dificultades. Tampoco Farland se sorprendió ante aquel hecho.
Mr.
Farland tenía reservados, de forma permanente, cuatro asientos, en
todas las líneas aéreas americanas. Por tanto, les cedía esos asientos a
los colegas cubanos, siempre que quisieran volar a Miami y de allí a La
Habana. Aceptaron la propuesta.
Pocos minutos pasaron antes que
la Pan American les llamara para comunicarles que tenían disponibles
cuatro asientos, pero no podía venderle los boletos, al carecer los
pasaportes del visado de entrada a los Estados Unidos.
Extremando
su gentileza, Farland hizo que el cónsul de la Unión, a pesar de ser
sábado, se personara (con todos los cuños necesarios) para visar los
pasaportes, en la misma habitación del hotel.
Concluidas las
gestiones de los pasajes y los visados, Riva Patterson telefoneó
nuevamente a Mr. Farland, para agradecerle la gentileza. Farland, a su
vez, les deseó un buen viaje y feliz regreso a La Habana.
Fueron a
despedirles al hotel los Embajadores de Perú y Brasil, así como los
Encargados de Negocios de Venezuela, México, Argentina y Guatemala.
Todos se expresaron de igual forma. La despedida sería en el hotel,
aunque ellos estarían en el aeropuerto hasta que despegara el avión.
A
la hora de partir, Riva Patterson llamó al Teniente que estaba de
guardia, invitándole a entrar a la habitación y beber café con todos
ellos.
"Teniente", le dijo.
"Como usted sabe, hay algunas
manifestaciones, incluso en las inmediaciones del hotel y probablemente,
a nuestra salida del hotel puede producirse alguna demostración en
contra nuestra. Han tomado medidas para evitar una agresión?", preguntó.
A
nosotros no nos preocupa que griten o vociferen, pero sí, que nos vayan
a atacar o lanzar algún proyectil, piedra o algo por el estilo".
"Cuanto tiempo lleva usted en la República Dominicana?", le preguntó el oficial. A continuación sentenció:
"Si
usted lleva en nuestro país, desde el mes de febrero, es tiempo
suficiente para conocerlo bien. El Generalísimo y Doctor Rafael Leónidas
Trujillo y Molina, Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva,
ha dado órdenes de que ustedes salgan sin problemas de la República
Dominicana. Tenga usted la seguridad de que pueden ir hasta el
aeropuerto caminando, que nadie osará molestarles".
Efectivamente, fueron trasladados en un patrullero escoltado.
Esa
misma mañana de sábado, mientras se salvaban los inconvenientes
anteriormente relatados, en La Habana, Gloria Amelia (la mujer de Riva
Patterson), después de una noche de angustias, sin noticias (nadie
contestaba al teléfono), decidió comunicar con la Embajada del Perú.
El Embajador Varela le dijo:
"Despreocúpese
Gloria, Mario va para allá en el vuelo de la Pan American que hace
escala en Miami". "Yo estaré en el aeropuerto, pero él no me verá",
fueron las palabras del Sr. Varela.
Aparentemente, las autoridades dominicanas estaban intentando demorar la partida.
En
el palacete de José Eleuterio Pedraza, , en la "Avenida Cordell Hull"
no. 66, velaban el cadáver de Rilde González Martínez, el hombre que
había resultado muerto en la Embajada.
El entierro de Rilde se efectuaría aquella misma tarde y tal vez esperaban que se produjese otra confrontación.
Aparentemente,
era el mismo Rilde Gónzalez Martínez que había sido lugarteniente de
Rolando Masferrer. El mismo de los famosos y luctuosos "Tigres de
Masferrer.
Al producirse su muerte, se encontraba siendo juzgado en Cuba (en ausencia), por la causa no 42/59.
A las 12:40 horas del mediodía de aquel sábado 6 de junio de 1959 despegaba el avión de la Pan American de Ciudad Trujillo.
Atrás quedaban el "Chacal del Caribe y su protegido, el "Carnicero de Cuquine".
Esa
misma tarde los diplomáticos agredidos regresarían a una Cuba “nueva”,
donde avanzaba inexorablemente el proyecto de la "Bestia Ilustrada",
llamada Fidel Castro.
El avión hizo escala en Port au Prince,
Haití. No tuvieron que descender del avión. De allí despegarían a las
5:45 p.m. en el vuelo 434 de la Pan American.
Al llegar a Miami
el avión, en lugar de dirigirse hacia la terminal del aeropuerto,
continuó hasta la cabecera de la pista apagando los motores. Los
pasajeros comenzaban a hacer conjeturas, cuando un automóvil oficial y
un ómnibus se aproximaron.
Un oficial de inmigración pidió a los pasajeros descender de la aeronave, menos los cuatro diplomáticos cubanos.
Después de que los pasajeros abandonaran el aparato, el funcionario se dirigió a los cubanos, en correcto español diciendo:
"Déjenme
verles las caras". "Ustedes son las personas con mayor suerte del
mundo". "Yo viví muchos años en la República Dominicana y no comprender
como ustedes poder salir vivos de allí".
A continuación les
informó que habían dado órdenes de que no bajasen del avión, para evitar
problemas y que en ese mismo avión se les trasladaría a Cuba. A ellos
solamente.
A las siete de la noche aterrizaban en el aeropuerto "José Martí de La Habana.
(Fin del extracto)
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